25 de mayo de 2020

CAMBALACHES


En  todas nuestras fuentes de información las noticias son casi con exclusividad dedicadas al covid, y todo lo que se nos dice y nos ocurre en la realidad guarda relación con el dichoso bicho. Nuestras conversaciones con familiares y amigos versan inexcusablemente con la salud o la pérdida de ella, con la desaparición de conocidos que engrosan la demasiada larga lista de bajas que se está produciendo. Actúa como  un magnífico manto para tapar lo que también está pasando en otros aspectos de la realidad, que también son importantes y que nos demuestra que hay vida más allá del virus.
Una de estas noticias trascendentes de la que nos hemos enterado, pero muy poco, ha sido la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, en relación con la sustitución de una celosía de la Mezquita por una puerta que diera acceso a los pasos de Semana Santa. En una realidad sin coronavirus hubiera abierto las páginas de la prensa y de los informativos de radio y televisión. Un varapalo tan serio para el obispado y  la administración autonómica, condenada, además, a pagar las costas del proceso, no es una noticia que se produzca todos los días. El fallo judicial dice que eso de tocar los elementos de la Mezquita  no se puede hacer y que hay que volver a dejar las cosas como estaban. El Tribunal nos viene a decir que la Mezquita es un monumento único en el mundo,  que no se puede modificar lo que está declarado Patrimonio de la Humanidad. Evidente y obvio. Lo que asombra es que la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía  encargada de proteger el patrimonio andaluz, lo aprobara. Autorizar una obra como ésta levanta la sospecha de un acuerdo, no hecho público, entre la Consejería y el Obispado. ¿De verdad se puede negociar con un valor patrimonial tan importante como la Mezquita? ¿ Pueden ser tan irresponsables?
Las consecuencias de esta sentencia sólo pueden traer beneficios para Córdoba y su Casco Histórico, además de la seria  advertencia de que  nuestro patrimonio hay que mantenerlo, cuidarlo y no se pueden hacer cambalaches con él.
  
Columna de opinión en la SER.

19 de mayo de 2020

EL PODER SE INQUIETA


Me refiero, lógicamente, al verdadero poder, el del dinero que detentan unos pocos,  el que impone las reglas, el que tolera ciertas licencias siempre y cuando no se ponga en cuestión su status, el que odia a quien osa cuestionarlo, el que no repara en usar los instrumentos más extremos, hasta una guerra civil, para seguir mandando, el que controla las instituciones democráticas para utilizarlas en su favor, el que sale ganando de todas las crisis. El de siempre.
 En la Gran Recesión del 2008  los gobiernos salvaron a los bancos  a costa de los ciudadanos que pagamos la cuenta. Y consiguieron una posición mejor que antes, mientras  sumieron en la miseria a millones de personas que antes vivían con cierta dignidad, a la que llamaron “vivir por encima de nuestras posibilidades”. Como tuvimos que pagar la deuda, empeoraron las condiciones de nuestras vidas, porque ellos no solo no pagaron sino que ganaron a costa nuestra. Dejaron sin futuro a la juventud, casi esclavizaron las condiciones de trabajo, quitaron poder a los sindicatos y redujeron el sector público hasta dejarlo irreconocible.  Entendieron que eso era vivir de acuerdo con nuestras posibilidades. De todo se culpó a la crisis, nos asustaron con los peores castigos que nos pudiéramos imaginar, hundimiento de la economía, rescate, los hombres de negro y mientras tanto su poder aumentaba. Esto se pudo hacer porque gobernaban los suyos, su brazo político, que muy gustosos hicieron leyes que machacaban a los trabajadores y que nos tapaban la boca. Suprimieron libertades y nos quitaron hasta el derecho a protestar.
Ahora ese poder se enfrenta a una situación  que no controla, una pandemia que ha puesto patas arriba todo lo establecido, ha convulsionado el mundo, ha llenado de incertidumbre el futuro, ha creado una situación en la que se sienten  amenazados. La democracia ha actuado y ha puesto la vida de las personas por delante de los intereses económicos,muy a su pesar. Y eso les ha preocupado un poco, acostumbrados a crecer en todas las crisis y que paguen los de siempre, esta vez les asalta la duda. El enorme pastel de dinero público que será necesario, una vez más, para rescatar la economía, esta vez sus destinatarios no serán los bancos, que gozan de  buena salud, sino la gente, los pequeños empresarios, los autónomos, los trabajadores. Los que siempre pierden. Eso  les inquieta porque   pueden perder la mayor parte del pastel que siempre se llevaban y también quién va a pagar la factura, que ellos nunca pagan. Hasta ahora las cosas estaban así,  pero esta vez el Gobierno actual no es suyo y ya les ha amenazado (suavemente) que les va a tocar pagar, que les va a subir los impuestos para que contribuyan a pagar la enorme deuda que va a generar este desastre provocado por la pandemia. Y  a eso sí que no están dispuestos. Sus descerebrados gobernantes de Madrid anunciaron que, no solo no iban a pagar, sino que les bajarían sus aportaciones al fisco, que para eso son sus representantes.
Ante este panorama sienten inquietud y presionan para que hagan saltar al Gobierno y puedan entrar los suyos, para poder coger la mejor tajada de nuestro dinero y poder irse otra vez sin pagar. Por eso no paran de pregonar las maldades de todos los que forman parte del Gobierno socialcomunista. Los discursos de sus representantes políticos destilan odio que transmiten a sus seguidores, con un lenguaje chulesco. Les quitan los bozales a sus voceros y azuzan a su caverna mediática a la que financian, para que confundan con mentiras y lo que haga falta a la opinión pública.
En estos días se ha reforzado su empuje con manifestaciones, rompiendo el Decreto de Alarma en una clara desobediencia a la Ley y una desafiante provocación. El problema sería grave ya de por sí, pero lo es infinitamente más cuando está en juego la vida de la gente. Estamos todos confinados, respetando las normas de forma solidaria, para que ahora los que no quieren pagar contribuyan a un rebrote de la pandemia. Lo están dejando muy claro, la vida de las personas les importa poco, lo que les importa es su  negocio y sobre todo no pagar, una cuestión que no tienen nada segura con los que mandan ahora.
Por eso mantener a este Gobierno, se ha convertido en una cuestión de supervivencia de los valores democráticos. Su permanencia es necesaria para incrementar el poder de lo público, para que haya justicia fiscal y paguen los que más tienen y  que no paguen solo los de siempre, para hacer leyes que recuperen el terreno en el campo de la sanidad, de la educación, de los derechos de los trabajadores, de la justicia social y de las libertades ciudadanas. Para que volvamos a creer en la decencia de la política y para que esta vez también paguen ellos.  



27 de abril de 2020

SER BUENOS PATRIOTAS


Parece que estamos llegando al final de este largo y oscuro túnel en el que entramos hace más de cuarenta días. Los niños ya pueden salir a pasear y nos anuncian que el fin de semana lo podremos hacer los adultos. Hay que reconocer las dificultades que han tenido que superar los padres y los críos encerrados en un piso durante tanto tiempo. Nervios de acero, cariño a raudales, mucha imaginación y toneladas de paciencia. Una prueba que marcará sus vidas para siempre.  
Hay que resaltar el civismo de la inmensa mayoría de la población en el cumplimiento de las normas dictadas por el Gobierno. Eso demuestra la responsabilidad de una sociedad que ha dado una gran prueba de madurez. A partir de ahora es necesario que sigamos manteniendo esa responsabilidad en los siguientes pasos que hay que dar. En el periodo que comienza ahora es muy importante que se respeten las normas. Esto no ha terminado aún, el enemigo contra el que luchamos es muy fuerte y para vencerlo hay que confiar en el liderazgo de nuestro Gobierno y cumplir rigurosamente sus dictados. Eso es ser buenos patriotas, cumplir cada uno con su deber para salvar a España y a los españoles, no utilizar la bandera, las víctimas, los insultos y las mentiras para debilitar a quién nos gobierna, porque eso favorece al enemigo, por tanto es una traición.
Seamos buenos españoles, seamos solidarios y respetemos las normas, seamos leales con nuestra familia, con nuestros amigos, porque una vuelta atrás nos sumiría otra vez en la oscuridad y ganarían los malos.

 27-04-2020

 Columna de opinión en la cadena SER. 
   

15 de abril de 2020

UN MUNDO NUEVO




Llevar recluidos tanto tiempo  y viendo el que nos espera, nos lleva a pensar cada vez con más ansiedad, qué vamos a hacer cuando podamos recobrar nuestra normalidad. La primera duda que  surge es ¿qué normalidad? Porque lo que nos viene a la cabeza con toda la fuerza del mundo es, pasear, tomar copas con los amigos, ir a restaurantes para cumplir las celebraciones pendientes, la primera, nuestra vuelta a la cotidianidad perdida. Pero ¿nos volveremos a encontrar las cosas cómo las dejamos, después de meses de duro encierro?
Es lógico pensar que nos tropezaremos con profundos cambios y que las cosas no van a ser como antes. Lo que nos era cotidiano es muy probable que deje de serlo, porque nuestras relaciones habituales están vinculadas a pequeñas empresas,  tabernas, bares, restaurantes, tiendas, librerías… que después del parón que han tenido, no sabemos si podrán volver a levantar la persiana de sus negocios, con la consecuencia trágica de un paro demoledor. La escabechina va a ser importante.
De este largo confinamiento hemos aprendido algunas cosas. Una es que la extrema derecha es gente mala que en una situación como la que atravesamos pretenden añadir confusión por medio de bulos, mentiras y noticias falsas  en un intento enloquecido de acabar con el Gobierno en un momento como éste. Ya sabíamos de sus andanzas pero no sospechábamos, yo al menos, tanta maldad con el ánimo de destruir, porque no se conoce ni una propuesta que vaya en la línea de luchar contra la pandemia.
 También muchos han descubierto con asombro el trabajo que llevan a cabo los sanitarios. Pero siempre han estado ahí haciendo lo mismo, curando nuestros males y salvando vidas y lo hemos visto como una cosa normal que forma parte de nuestra cotidianidad. No olvidemos que incluso han sido agredidos por parte de pacientes y familiares.  Ahora  hacen lo mismo pero en peores condiciones, con más urgencia,  con más aglomeración, lo hacen arriesgando  sus vidas y prestando consuelo en situaciones muy duras. Se han convertido por méritos propios en los depositadores de nuestras esperanzas para sobrevivir a esta situación.
Otra cosa que hemos advertido es la ventaja de tener una sanidad pública y universal. Hemos asistido al afán de la derecha de convertir en negocios privados para amiguetes  un servicio público que era la joya de la corona.  Hemos presenciado con asombro  que mientras en los hospitales públicos escaseaba la mano de obra para atender  la avalancha de pacientes que provocaba la pandemia, los centros privados declaraban ERTES para despedir al personal. Lo primero el negocio, después la salud. Son enseñanzas que no se deben olvidar.
 Como consecuencia,  hay que exigir con firmeza  que  los centros en los que se ha privatizado la gestión, reducido plantilla y ahorrado costes para ganar más dinero, vuelvan a ser gestionados por el sector público, el único que ha demostrado ser eficaz en una situación límite como la que padecemos. Ya lo hicieron en la Comunidad Valenciana, por cierto una de las que mejor está gestionando la crisis, sin publicidad ni alharacas.
La primera enseñanza que se saca de esta situación extrema e inédita es la necesidad imperiosa de un Estado fuerte que lidere la crisis de la pandemia y tire de la economía para ponerla en marcha. Hay que recordarle a la derecha que el Estado somos todos, ellos también, aunque piensen que son gente aparte y en su mundo solo entren ellos. Ahora o nos salvamos todos o el desastre también les afectará. Por tanto harían bien en arrimar el hombro para conseguir el bien común. Esto no va de resultados electorales inmediatos, esto va más lejos y es más profundo.  Es una cuestión de Estado. Su torpeza, miopía política y sectarismo extremo nos pueden provocar daños irreparables.
  Decía Joseph Stiglitz que los mercados por si solos no pueden manejar esta crisis. Es cierto, esta pandemia ha mostrado las miserias del sistema y allí dónde el sector público sea más débil será mayor el esfuerzo que tendrá que hacer el Estado para sacar adelante el país. Ya pasó en la Gran Recesión del 2008, dónde el dinero público (el de todos) tuvo que  acudir al rescate de los Bancos que en la persecución desbocada de sus propios intereses condujeron al mayor desastre financiero en 75 años. Los líderes de entonces con Sarkozy a la cabeza, dijeron que había que refundar el capitalismo, para que no volviera a pasar lo mismo otra vez. Ahora estamos en una situación que es mucho más grave que la del 2008. Entonces en vez de cambiar el sistema se utilizó al Estado (todos nosotros) sólo como motor de arranque de la economía, una vez en marcha todo, los ganadores de siempre mejoraron su situación y para los perdedores de siempre fue, es, mucho peor. El resultado ha sido una profundización de la desigualdad. Efectivamente el capitalismo se refundó para que aumentaran sus beneficios unos pocos  y provocar mayor pobreza en el resto.
Ahora nos enfrentaremos a una situación parecida, pero con una diferencia importante, las entidades financieras no han sido responsables de esta catástrofe y por tanto el Estado no tiene que acudir en su auxilio, ahora es toda la economía la que se ha parado en seco. Volverla a poner en marcha  depende casi en exclusividad de los poderes públicos en una tarea principal, ayudar directamente a la sociedad. Esta vez sin la intermediación tramposa de la banca. Cuánto echamos de menos ahora una banca pública potente.
El reto es si se volverá a repetir la salida desigual de la crisis anterior o se aprovechara el viento a favor para consolidar un poder público fuerte y permanente. Las condiciones no pueden ser mejores. Una vez en marcha, su consolidación depende de la modificación y derogación de las leyes de la derecha que produjeron la intolerable desigualdad que padecemos. Dentro de las penosas condiciones en las que vivimos nuestra cotidianidad asoma un hilo de esperanza en que nuestro sacrificio sirva para algo útil. Hagamos la apuesta, ¿qué podemos perder?





27 de marzo de 2020

NO ES TIEMPO DE TRAICIONES




   
Estamos inmersos en una situación que hemos definido como un estado de guerra que estamos librando contra un enemigo al que no podemos vencer por ahora. Las medidas para luchar contra él son esencialmente defensivas y afectan a toda la población. Los sistemas para protegernos de su ataque, mascarillas, guantes, respiradores, y test, son insuficientes y la demanda es brutal en todos los países afectados, hablamos de más de mil millones en todo el planeta que los  necesitan. Es un terreno abonado para que los especuladores carroñeros se forren a costa del sufrimiento de la gente. Nada nuevo bajo el Sol, eso se da en todas las guerras en las que unos cuantos se enriquecen a costa de los cadáveres de los demás. En el mercado negro, una mascarilla ha llegado a costar 25 euros, cien veces más que su precio normal. Esa es la regla del mercado.
Todos sabemos que para ganar una guerra es fundamental la unidad de mando. En el ejército es lo primero que se aprende, las órdenes se cumplen por más que parezcan disparatadas, y no se critican, se acatan. Pero esta guerra que estamos librando es distinta, el ejército lucha de otra manera y no está en primera línea de combate. Aunque sea distinta, es una guerra y todos tenemos que cumplir las órdenes que dicta la autoridad competente, en este caso el Gobierno, se equivoque o acierte.
Ante este conflicto, como en todos,  existen varios tipos de gente. Primero están los héroes, aquí están identificados y reconocidos por todos, son los sanitarios que están en la primera línea del frente y se juegan la vida todos los días, algunos la están perdiendo. También están los que prestan su labor en los servicios públicos, necesarios para que se respete lo ordenado y la sociedad funcione en sus constantes vitales. Sin olvidar a los que hacen posible que podamos estar abastecidos a fin de poder resistir la reclusión que se nos ha ordenado. Después estamos la inmensa mayoría de la ciudadanía, nuestra misión es cumplir lo que nos han mandado, recluirnos en nuestros domicilios. Un gran sacrificio que nos supone la falta de libertad (como maestro no puedo olvidar a los padres con hijos pequeños, también son unos héroes). Estamos experimentando la dureza de la medida pero somos conscientes que es la aportación que tenemos que hacer en esta guerra. Por último están los que critican públicamente las decisiones del mando y no ayudan para conseguir el objetivo de ganar la batalla. Sin duda esta actitud debilita al Gobierno en el peor momento, difunde malestar entre la población y cuestiona las medidas que se toman. Están cometiendo una falta de lealtad y por tanto una traición.
Es de carroñeros utilizar una situación tan dramática en la que nos jugamos tanto, para desgastar al Gobierno. Para la derecha el enemigo no es el coronavirus, son los rojos que gobiernan, a los que hay que echar como sea. Indigna la intervención de Casado en el Congreso hace unos días ¿Cómo es posible que un político decente ataque de esa forma al Presidente del Gobierno en unas circunstancias tan graves para todos? Si tuviera decencia se ofrecería para poder ayudar y colaborar en el bien común que es derrotar a la pandemia. También podría decirle a sus amigos de la sanidad privada, a los que han hecho ricos, que no cierren sus centros ni den vacaciones a los sanitarios en momentos como éstos en los que la pública está llamando a los médicos jubilados y a los estudiantes porque toda  ayuda es poca. Al menos podían disimular un poco su avaricia y considerar nuestra salud,  no solo como un negocio sino como un servicio. Hay que tener malas entrañas para adoptar actitudes como esas. La única aportación del líder de la oposición ha consistido en proponer que la bandera luzca a media asta, que se organice un funeral de Estado y que se haga un monumento a las víctimas. ¿Esas son las medidas que propone para frenar la pandemia? Es indignante su actitud irresponsable y  su poca talla moral. Es una desgracia para todos que una persona de esa catadura pueda llegar a ser Presidente. 



13 de marzo de 2020

TIEMPOS DE INSULTOS

El debate político es lo que ocurre en la Cortes y en los medios de comunicación entre las distintas fuerzas políticas sobre las propuestas que se formulan para mejorar la vida de la ciudadanía. Bueno, eso es lo que debería ser pero no es lo que en realidad se produce. La derecha, toda, ha encanallado el debate, siempre ocurre cuando no está en el poder, que al parecer les pertenece por cuna. Su tarea de oposición se reduce a la idea de desgastar al Gobierno con descalificaciones, más personales que políticas. Lo decente sería que frente a un proyecto o una propuesta que se presentara, ellos formularan una alternativa, pero no, solo se limitan a agredir con abucheos, pataleos y gritos. Esta vez sus representantes han ido más lejos, obligados por la nueva circunstancia de tener que rivalizar en el mismo espectro político. Eso de la democracia da la impresión que les pilla muy lejos, prueba de ello es la utilización de las adscripciones políticas de sus rivales como insultos, comunistas, socialistas, bolivarianos y recientemente una nueva y extraña denominación, faciocomunistas. Son términos que emplean para significar que los auténticos demócratas son ellos y solamente ellos. Pero la verdad es que un demócrata jamás los utilizaría, ya que en democracia todos merecen un respeto al ser representantes del pueblo en el que está depositado el poder. Esa utilización descalificatoria ya se hizo durante la dictadura, pero parece que los que se empeñan en convertirse en sus herederos, aún no han tomado conciencia de que en un sistema de libertades todos tienen los mismos derechos, eso es al menos, lo que está en nuestra Constitución que tanto dicen defender ahora. Están haciendo bueno el refrán “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”.

 Pero tal vez lo peor no sea eso, sino el lenguaje que utilizan. Al parecer hay una disputa entre los representantes de los tres partidos por ver quién dice la barbaridad más gorda. Y dentro de cada partido también existe esa rivalidad, se supone que es para hacer méritos y que le aplaudan sus colegas. Los ingenuos que aún nos creemos que los debates políticos deben servir para que conozcamos las distintas propuestas  y que nos convenzan con sus argumentos, contemplamos con asombro e indignación este absurdo camino que solo conduce a la crispación y a la imposibilidad de establecer un diálogo para encontrar caminos a la solución de los problemas que nos aquejan, que debe ser en definitiva el fin último de su trabajo. El debate sobre proyectos políticos los enriquece y cuanto más consenso se consiga mayor será la eficacia de su aplicación. Claro que esto solo se puede conseguir en un sistema democrático en que todos crean y por tanto sean conscientes de que, sin renunciar a las ideas que cada uno tenga, se pueda llegar a un entendimiento. Esa es la base de todo sistema de libertades. Es de suponer que esto lo saben, lo que hay que poner en duda es que lo acepten porque los hechos demuestran todo lo contrario. Espanta oír las manifestaciones de Pablo Casado y de su portavoz Cayetana Álvarez de Toledo, rivalizando por quién dice el insulto, la descalificación o la acusación más disparatada contra el Gobierno, al que han llegado a calificar de ilegítimo, como si eso fuera posible en una democracia. Todo sea por ver quién cava la trinchera más honda. Los de Santiago Abascal intentan ir más allá con brutales acusaciones al Gobierno, algunas tipificadas en el Código Penal, como llamarle pederastas. Inés Arrimadas se esfuerza también pero por muy gordo que sea lo que dice no tiene el eco que persigue porque tiene que competir con grandes profesionales de las burradas. De los palmeros de la caverna mediática, ni hablamos.

 Me pregunto si esta forma de “hacer política” es del agrado de los ciudadanos-electores. La respuesta me viene dada por un dato escalofriante, los programas de televisión que tienen más audiencia son los de la telebasura,  basta con ver alguno de los más populares para darse cuenta de que la bronca entre los participantes es la base de su éxito. Incluso algún programa de debate político entre tertulianos ha copiado su formato. El grito, el insulto, la descalificación, no dejar hablar al oponente, es la forma que se ha hecho popular. Y efectivamente, la derecha utiliza ese sistema porque encuentra acomodo en un público al que previamente se le ha fomentado sus más bajos instintos con los argumentos más simples y se le ha acostumbrado a ese tipo de lenguaje. Es mucho más fácil  insultar que argumentar y se entiende más rápido. Esa estrategia unida al fomento de los sentimientos más primarios frente a la razón, pueden explicar, en parte, la etapa de crispación por la que atravesamos y que nos ofrece ese espectáculo bochornoso en las Cortes, donde se persigue hacer el mayor daño posible, que es lo más alejado de lo que nos interesa a los ciudadanos. Al final muchos pueden pensar que la imposibilidad de llegar a acuerdos para conseguir que la sociedad avance es porque el sistema falla y no da más se sí. Eso es lo más peligroso que nos puede ocurrir, porque la consecuencia es que le den una oportunidad a los salvapatrias y ahí perdemos todos. Todos los demócratas, claro.

Los miembros del Gobierno y los partidos que lo forman no deben caer en la trampa de responder de la misma manera, siempre llevaran la de perder. No porque no sepan insultar, eso todo el mundo sabe hacerlo, sino porque dejarle a ellos el patrimonio exclusivo de la bronca, al final favorece a quién se toma la política en serio. Sé que hay que aguantar mucho pero es necesario  hacerlo, eso entra en el sueldo.


2 de marzo de 2020

AMORES QUE MATAN


     


          Hace años un promotor inmobiliario presentó en el Ayuntamiento un proyecto de Plan Parcial que llenaba de chalets la falda de la sierra. Al comienzo de la memoria para justificar su propuesta empezaba diciendo,   “El cordobés ama al campo” y por eso él se proponía llenar la sierra de casas. El arquitecto que informó el proyecto, José Rebollo, apuntó en el margen “pero hay amores que matan”.
Me ha venido a la memoria esta anécdota con relación al tratamiento que se  le está dando a nuestro Casco Histórico, Patrimonio de la Humanidad, que es un conjunto de monumentos, callejuelas, plazas… y personas que lo habitan y le dan la personalidad que tiene, sin ellas deja de ser lo que es. Ahora las cofradías y las entidades que quieran trasladan sus actividades allí porque a los cordobeses nos gusta nuestro Casco. Los vecinos que soportan la avalancha de fiestas se desesperan. No pueden transitar por las calles para llegar a su domicilio, no pueden sacar ni entrar sus coches en las cocheras, soportan ruidos, música alta, suciedad, botellones… y ahora el Ayuntamiento ha autorizado además que la música de las cruces no pare en la siesta, lo que faltaba, ni siquiera les queda el consuelo de unas horas de descanso. Una vez escuché a una persona un razonamiento muy cruel, “¡Pues que se muden!” Si lo hacen las viviendas  se convierten en apartamentos turísticos y desaparecen los vecinos que le dan vida. Al final el Casco se transforma en un parque temático. ¿Es ese el futuro que queremos para una de nuestras joyas más preciada? Queremos a nuestro Casco Histórico, pero no lo matemos con nuestro amor.
Columna de opinión en Cadena Ser.

         

16 de enero de 2020

¿Quién dice que es fácil?


Copio el título de la película de Juan Taratuto para poder definir el momento político que atravesamos y mucho más el que nos espera.
Los electores hemos decidido el complejo panorama que tenemos y a los partidos políticos les ha tocado tomar las decisiones que  se ajusten a su perfil para conformar un gobierno lo más coherente posible. Con el bipartidismo era fácil, un alternancia entre el PP y el PSOE cuando había mayorías absolutas, pero ¿qué pasaba cuando no se conseguían? Que había que acudir a los partidos nacionalistas vasco y catalán para poder armar una mayoría suficiente con la que se pudiera gobernar. ¿Y qué hacían los partidos nacionalistas? Sacar la mayor tajada posible del acuerdo. En las elecciones de 1996, Aznar necesitaba los apoyos de los nacionalistas, después de su entrevista con Arzalluz, el presidente del PNV dijo que había conseguido mucho más que con Felipe González en todo su mandato. En la negociación con Pujol, terminó hablando catalán, según confesó. Nadie se rasgó las vestiduras por ello, ni le llamó traidor, rompepatrias o felón, es más celebramos que el Presidente hablara un idioma más. Además era lógico que se acordara entre partidos con afinidad ideológica porque eso es la política, negociación y acuerdos dentro de lo que la ley prescribe.
El resultado electoral último hace imposible que la derecha, PP, CIUDADANOS y VOX, puedan formar un Gobierno. Les toca hacerlo a quién sí puede, el resto de la Cámara liderados por el PSOE, la fuerza mayoritaria que fue la que ganó las elecciones, dos veces seguidas. Así lo entendió el Jefe del Estado que le encargó a Pedro Sánchez formar Gobierno. Hasta aquí vamos bien ¿no? Bueno…bien del todo no, el maldito Pedro Sánchez se había salido con la suya. El líder socialista, que solo cuenta con 120 escaños, buscó el apoyo de UNIDAS PODEMOS, el partido más afín con quien podía entenderse. Y se entendieron. Aquí la cosa ya empezó a torcerse, ¡los comunistas en el Gobierno! ¡Por ahí no pasamos! Dijeron algunos. Se encendieron todas las señales de alarma. Pero la derecha es especialista en tocar los tambores de guerra, volvemos a los tiempos en que esa alianza  trajo la tragedia de la guerra civil. La sublevación de Franco fue porque se vio obligado a salvar España de las hordas marxistas. Eso lo estudié en la escuela y lo sigo escuchando hoy, 60 años después, ¿cómo es posible que hayamos fallado tanto en los curriculum del sistema educativo?
Para acabarlo de empeorar, los números exigen que además hagan falta más votos de otros partidos  y algunos que no voten en contra, o sea que todo apuntaba a EZQUERRA REPUBLICANA, que se encuentra formando parte del gobierno independentista de Cataluña y con su líder en la cárcel condenado en firme por haber adoptado decisiones graves en contra del ordenamiento jurídico, tendría que colaborar, aunque fuese con la abstención. Es un partido independentista de izquierdas, en el aspecto ideológico se podía llegar a un acuerdo en torno a un programa, pero históricamente su carácter independentista lo ha colocado siempre en el frontispicio de sus exigencias. Difícil tarea que solo se puede afrontar si asume que sus planteamientos nacionalistas sólo se pueden resolver desde el diálogo. Su papel es muy complicado. Por otro lado si no facilitaba que haya un gobierno progresista partidario del diálogo con Cataluña, lo que viene a continuación es la derecha con un permanente 155 y si la extrema derecha aumenta su poder, el envío de la Legión o la acorazada Brunete. Y han adoptado la postura más sensata, políticamente hablando, establecer un diálogo con el Gobierno para encontrar una salida consensuada al conflicto político que atraviesan los catalanes. Además han aceptado que sea  dentro del marco legal. Esto no ha sido fácil para ellos, les cuesta que les llamen traidores (botifler), lo que va a aprovechar el huido de Waterloo para radicalizar aún más su postura.
Ahora sí que se ha liado buena. Lo que faltaba, los comunistas, además los separatistas y encima los terroristas de ETA- BILDU que se ha abstenido también. Y por si fuera poco amenazan con subir los impuestos a los ricos, a quitar la obligatoriedad de la religión en los colegios, la igualdad  y esas cosas propias de los rojos. A los tambores se unen las cornetas tocando generala, ha llegado la hora de defender la patria con todo lo disponible, los medios de comunicación, los púlpitos, los jueces afines, las movilizaciones, todo lo que haga falta contra los que quieren romper España en pedazos.
Y ahí estamos, oírlos asusta, porque las barbaridades que dicen son para echarse a temblar, están desbocados y dispuestos a todo, esperemos que dentro de la legalidad, aunque el control que ejercen sobre gran parte del poder judicial hará que la legalidad se interprete en el sentido que ellos quieran.
Las mentiras más gordas, infamantes y burdas se emplearan como manual para que sus fieles las divulguen. La principal de todas es la de que gobiernan los comunistas, como en 1936. El término comunista se emplea como en la dictadura, el mayor insulto que se le puede aplicar a una persona. De nada vale que los “comunistas” hayan gobernado y gobiernen en Comunidades Autónomas y muchos Ayuntamientos, haciéndolo con eficacia y honestidad. Tampoco vale que desde hace más de cuarenta años aceptaran la democracia como sistema político y participan activamente en él, ni que juraran la Constitución aceptando el régimen monárquico pese a su convicción republicana. Había expectación por la fórmula de juramento o promesa que iba a formular Alberto Garzón, único representante comunistas del Gobierno. Cumplió el trámite con entera normalidad. De nada vale, los comunistas traerán la desgracia a España, la van a romper, y lo más grave, sacarán la religión de las escuelas.
Para combatir, las mentiras, las amenazas y los insultos, lo que procede es que la gente de bien, que somos mayoría, apoyemos a nuestro Gobierno legítimo, el que nos hemos dado democráticamente y lo hagamos en todos los escenarios que podamos, fundamentalmente en las redes sociales, en los medios de comunicación que tengamos acceso y en nuestro entorno. Como la cosa se va a poner muy difícil, acudir a las manifestaciones y concentraciones que se organicen para defender las decisiones del Gobierno. Cuando ya creíamos que la democracia, que tanto esfuerzo  costó conseguir, estaba asegurada, surgen otra vez los que nunca creyeron en ella si no mandaban ellos. Pues volveremos a luchar por defender sus principios.  Sería muy conveniente que algunos barones del PSOE guardaran un respetuoso silencio y no mostraran sus disconformidades que solamente ayudan a los voceros de esta derecha radical y ultramontana.