26 de marzo de 2018

LA AGRESIÓN DE LAS COFRADÍAS.


Como era de prever el traslado de la carrera oficial de la  Semana Santa a la Mezquita-Catedral, ha supuesto para la ciudad un coste difícil de asumir.
La agresión que sufre el corazón de nuestro patrimonio histórico es muy grave. Los cordobeses que amamos nuestros monumentos y presumimos con orgullo de ellos, sentimos una punzada en el estómago cuando vemos, por ejemplo, los palcos que han colocado en el podio que rodea los muros de la Mezquita, una agresión sin precedentes que solo ha provocado una tibia reacción de la Comisión Provincial de Patrimonio ¿Cómo es posible que nuestras administraciones  sean tan rigurosas con todo lo que afecta a la imagen  de nuestros monumentos y no actúen con firmeza ante la agresión que ha sufrido el principal monumento de nuestro patrimonio?¿Cómo se puede interpretar que el proyecto de instalación de los palcos y las sillas, según se ha manifestado, no haya sido aprobado por el organismo encargado de este menester, y más en este espacio tan delicado de la ciudad? ¿Ha sido por descuido o permisividad?    Y me da miedo preguntar ¿Se van a autorizar estos desmanes en lo sucesivo? Porque si es la Iglesia la que manda, reclamo que haya  elecciones libres para poder elegir  al obispo y a la dirección de la Agrupación de Cofradías, dado que al parecer son los que  deciden por donde van y en qué condiciones, sin importarles para nada deteriorar los valores que tenemos en la ciudad. Al menos que no sea una dictadura y podamos decidirnos por los que menos destruyan y mejor defiendan nuestro patrimonio. Por si se les ha olvidado, conviene recordar que tanto la Mezquita-Catedral como el Casco Histórico, por dónde desfilan, están declarados Patrimonio de la Humanidad. Esto conlleva que se extreme el cuidado de su mantenimiento, y eso no compete exclusivamente a las administraciones públicas, que por supuesto no pueden hacer dejación de sus obligaciones, sino también a todos los ciudadanos que tenemos la suerte de ser y vivir en Córdoba.

Columna de opinión en la Cadena SER.




26 de febrero de 2018

ADIÓS PALOMA


La paloma de Cajasur ha desaparecido. Los banqueros vascos han decidido que ha llegado el momento de cambiar los símbolos del pasado y lo han sustituido por su imagen corporativa. Han sido discretos, han dejado pasar unos años para efectuar el cambio a fin de no provocar un impacto brusco. Es lo que tienen los banqueros, no quieren asustar, saben mejor que nadie que el dinero es difícil de obtener y fácil de perder. Pasado estos años ya se puede efectuar el cambio sin que nadie se dé cuenta.

¿Se acuerdan? Cuántas explicaciones nos ha pedido la gente de fuera que nos preguntaban con asombro, cómo era posible que una entidad bancaria fuera propiedad de la Iglesia y además que la presidiera un cura. La verdad era que no sabíamos dar repuesta, seguramente porque tamaña incongruencia no tiene explicación. ¿Cómo explicar que un banco cuyo objetivo es ganar dinero con los intereses de los préstamos que hacía a la gente necesitada, podía ser propiedad de una institución cuya misión, dicen que es ayudar a los pobres? ¿Cómo explicar que el símbolo era una paloma que representaba al Espíritu Santo? Pero lo peor de esto era que nos habíamos  acostumbrado y lo veíamos normal. Total, si nos habían hecho creer en la Santísima Trinidad por qué no creer en un misterio más.
Ahora, no me digan que no era un gran invento unir el poder terrenal con el poder espiritual.

Menos mal que ya no tenemos que dar explicaciones, el color púrpura eclesiástico y la paloma han desparecido, Ahora hay al frente un banquero como Dios manda. Ya se sabe, a Dios lo que es de Dios y a la banca, el dinero.

Columna de opinión en la Cadena SER.

18 de febrero de 2018

La Historia en las cunetas.


  Mis recuerdos se hunden en el secretismo con el que mi madre contaba, en voz muy baja, que en los años que duró la guerra y los que le siguieron, oía por las noches con verdadero terror las descargas de fusilería  con que se asesinaban a los vecinos en la tapia del cercano cementerio de la Salud. Aprendimos entonces que había cosas que no se podían contar, como si nunca hubieran ocurrido y las escondimos tanto en el fondo de nuestra memoria que ha costado muchas décadas desempolvarlas. 
El franquismo cometió cientos de miles de asesinatos que quedaron impunes. Lo hicieron con una crueldad inusitada y privaron además, a los familiares de las víctimas del consuelo de poder velar y enterrar sus cadáveres de una forma digna y decente. Conmueve ver en estos días los restos mortales  que están desenterrando en las cunetas  o cualquiera de las fosas comunes que se están excavando. Sólo desde unas mentes rebosantes de odio se puede concebir tanta crueldad.
Pero la maldad del franquismo no se limitó a asesinar, también nos ocultaron a los niños en la escuela la historia de lo que ocurrió. Aprendimos que Franco, Queipo de Llano, Mola, Cascajo, José Antonio, eran unos héroes que  se sacrificaron por librar a España de judíos, masones y comunistas, La Iglesia Católica colaboró activamente en la salvación de las almas, aunque el precio fuese arrancarlas del cuerpo a tiro limpio. Fue la salvadora de la civilización frente a las hordas de ateos y marxistas, aunque no nos explicaron muy bien qué hacían los obispos ocupando escaños en las Cortes.  La cultura se limitaba a leer los clásicos y a José María Pemán. Descubrí la existencia de Miguel Hernández de mayor y por mi cuenta. Los perdedores no existieron, Azaña fue el asesino del tiro en la barriga y Santiago Carrillo, el asesino de Paracuellos. Los maestros eran del Régimen, los anteriores de la República los fusilaron o represaliaron. El resultado fue que varias generaciones  crecimos en la más absoluta ignorancia de lo que realmente ocurrió, nos cambiaron la historia, con el añadido del miedo que nos habían transmitido nuestros mayores. Esa ignorancia continuó cuando llegó la democracia. El ruido de sables en los cuarteles y el miedo a una repetición de la tragedia, hizo que nos conformáramos con la recuperación de las libertades y la democracia, que no era poco, pero nada de mirar hacia atrás. Una ley de amnistía para los asesinos y aquí no ha pasado nada. La Historia continuó enterrada en una cuneta. 
En esas condiciones, ¿alguien sensato puede pensar que conocíamos, por ejemplo, quién era Antonio Cañero? 
Cuando remodelamos la plaza del barrio, la Asociación de Vecinos nos pidió que cambiáramos el nombre que tenía de Monseñor Fernández Conde.  No querían el nombre de un obispo para su plaza y nos pidieron que le pusiéramos el nombre del barrio. Por cierto, entre los vecinos había bastantes “comunistas”. Y el Pleno, por unanimidad lo aprobó. Hace muy pocos años que me enteré quién era Antonio Cañero y su comportamiento en la guerra civil.
El año pasado (2017) supe que el interventor que habíamos tenido en el Ayuntamiento durante los primeros años, Antonio Baena Tocón, fue miembro del Tribunal Militar que condenó a Miguel Hernández. Aunque en su momento lo hubiéramos sabido, poco se podía hacer, estaba amnistiado. Me adelanto a la posible acusación de que “los comunistas” consentimos tener de interventor  a un sujeto como ese.
Es un sarcasmo que los representantes políticos de esta derecha del PP, empeñados en parecer herederos del franquismo, utilicen nuestro desconocimiento, fruto de la represión sufrida en la dictadura, como argumento político. 
Ahora las circunstancias han cambiado, estamos conociendo la verdad de lo que pasó por investigaciones realizadas por historiadores que se han hecho públicas. Estamos conociendo la historia que nos ocultaron, estamos sacando a la historia de las cunetas en las que la enterraron. Ahora existe una Ley de la Memoria que obliga a recuperar los restos de las víctimas y a borrar de los espacios públicos los nombres de los represores. Su aplicación está llevando a reparar ese espacio negro de nuestra historia, muy tarde, es cierto, pero es la consecuencia del miedo que sembraron durante cuarenta años. Llevaba razón el dictador asesino, "lo dejo todo atado y bien atado".  


26 de octubre de 2017

UN ATAQUE AL ESTADO DE DERECHO

Así es cómo definió la fiscal del caso Gürtell la actuación corrupta del Partido Popular por su financiación ilegal, como un ataque al Estado de derecho, nada más y nada menos. Con anterioridad, un juez definió estas actuaciones como “prácticas mafiosas”. En su informe final, la fiscal expone como hechos probados que Jesús Sepúlveda, su esposa Ana Mato y el Partido Popular, se beneficiaron del cobro de comisiones por adjudicación de obras que sirvieron para  pagar coches de lujo, viajes y fiestas del entonces matrimonio Sepúlveda-Mato y añade “abrumadoramente acreditada” la existencia de una caja B del PP para financiar campañas electorales. Y esto no ha hecho nada más que empezar, detrás viene el desenlace de las incontables corrupciones que ha practicado el partido que preside Mariano Rajoy, el paladín defensor de la legalidad.
Esta noticia, que hubiera ocupado las primeras páginas de los periódicos por su extrema gravedad, se ha visto relegada a páginas interiores y apenas comentada porque ahora lo que preocupa es el proceso independentista de Cataluña, con Puigdemont  a la cabeza, y su declaración unilateral de independencia, otra vulneración grave del Estado de derecho. La cruel paradoja es que un Partido sobre el que pesa estas graves acusaciones de incumplimiento de la legalidad, se arrogue el ser paladín de la defensa de la Ley. Lo nunca visto.
Tampoco es noticia ya los casos de corrupción del Palau, Banca Catalana, ITV, etc., de Convergencia y Unió, que cambió de nombre, ahora se llama Partido Demócrata de Cataluña, para disimular, cómo si no fuera con ellos. Ya no se habla de que su líder fundador Jordi Pujol, su familia y amigos se lucraran del 3% de las comisiones que cobraban por la adjudicación de obras, ni que evadieran capitales a Andorra, ni que el primogénito de la familia se encuentre en prisión por ser un corrupto. Nada de eso es importante.
Dos familias políticas corruptas enfrentadas por defender la legalidad.  ¿Ha pasado esto alguna vez en la Historia? Pero lo más sorprendente es que ni los partidos políticos, ni los medios de comunicación le prestan atención. Todos nos angustian con lo que puede pasar en Cataluña. Y es grave lo que está pasando, sin duda. Pero esta situación inédita en nuestra democracia, nos hace pensar  que lo peor está por venir. Frente al desafío enloquecido de los independentistas y las respuestas duras del Gobierno de Rajoy, no dejan espacio alguno para propuestas que bajen la tensión. De nada sirvió la respuestas en el último escrito de Puigdemont a Rajoy indicando que no había declarado la independencia, como todos sabíamos, tampoco se ha tenido en cuenta las recomendaciones del PSOE al Gobierno de que, en caso de necesidad, se aplicara el artículo 155 con mesura. Da la impresión de que se quiere llegar al límite y no buscar un espacio de encuentro.
Por el camino que han escogido, este problema nos va a tener ocupados y preocupados mucho tiempo más, mientras tanto la maquinaria judicial continuará su camino, confirmando lo que ya sabemos, pero nadie le prestará atención. Al Partido Popular le ha venido de maravilla esta situación, se oculta el grave problema de corrupción que padece y de camino da satisfacción y alimento al nacionalismo español más rancio, es decir, a sus seguidores y mientras tanto nosotros continuaremos sufriendo el desasosiego y comentando si hay que dialogar o mandar a Cataluña la Legión y la acorazada Brunete. No es broma, yo lo he oído.


23 de octubre de 2017

EFECTOS SECUNDARIOS

 Vivimos tiempos de pesadilla mezcla de incertidumbre y temor al futuro. Una situación en la que la inmensa mayoría somos meros espectadores pero que pagaremos las consecuencias de lo que resulte. Son  tiempos que ya habíamos olvidado porque, los más parecidos, fueron hace más de cuarenta años, toda una generación. Pero entonces sí pudimos ser protagonistas. Luchábamos por conseguir un sistema de libertades que nos sacara de la asfixia del franquismo. Una hermosa lucha, y al final  todos ganamos porque pactamos cómo debíamos construir nuestro futuro para progresar en paz y libertad. Dentro de unos días se conmemoran los 40 años de los Pactos de la Moncloa. Todos los partidos políticos, incluidos Convergencia y Unió y el PNV, junto con  los sindicatos, acordaron la manera de sacar a España de la angustiosa situación económica en la que se encontraba. Los dirigentes políticos de entonces tenían un concepto de Estado que hoy se echa en falta. Nadie pensaba entonces que un pacto entre la derecha heredera del franquismo y la izquierda, restaría votos. Y aunque así fuera, se valoraba más el interés general que el del partido.  Hoy se gobierna en base a lo que digan los sondeos de opinión y el resultado de eso, en las circunstancias actuales, es que crezcan las posturas más radicales. Ante la ausencia de la política, cuyos objetivos son los acuerdos que matizan las posturas extremas, triunfan los argumentos primarios que nos dividen simplemente, en buenos y malos, o nosotros y ellos. Y esto se fabrica, como siempre, sobre muchas mentiras, que una vez situado en mi trinchera son alimento para el odio. Llegados a este punto, se manipula la historia, los símbolos y lo que haga falta. ¿Quiénes son fascistas, los independentistas o yo? Ninguno, pero poco importa. Estamos en la descalificación y el insulto, eso sí, de forma pacífica. Menos mal. El esfuerzo realizado por los que se vistieron de blanco y se manifestaron reclamando diálogo, ha fracasado. Se ha impuesto la irracionalidad. Ante esta situación no es de extrañar que se haya incrementado de forma importante la venta de ansiolíticos para poder dormir, pero ¿quién nos libra de las pesadillas?  

(Columna de opinión en la Cadena Ser)