18 de febrero de 2018

La Historia en las cunetas.


  Mis recuerdos se hunden en el secretismo con el que mi madre contaba, en voz muy baja, que en los años que duró la guerra y los que le siguieron, oía por las noches con verdadero terror las descargas de fusilería  con que se asesinaban a los vecinos en la tapia del cercano cementerio de la Salud. Aprendimos entonces que había cosas que no se podían contar, como si nunca hubieran ocurrido y las escondimos tanto en el fondo de nuestra memoria que ha costado muchas décadas desempolvarlas. 
El franquismo cometió cientos de miles de asesinatos que quedaron impunes. Lo hicieron con una crueldad inusitada y privaron además, a los familiares de las víctimas del consuelo de poder velar y enterrar sus cadáveres de una forma digna y decente. Conmueve ver en estos días los restos mortales  que están desenterrando en las cunetas  o cualquiera de las fosas comunes que se están excavando. Sólo desde unas mentes rebosantes de odio se puede concebir tanta crueldad.
Pero la maldad del franquismo no se limitó a asesinar, también nos ocultaron a los niños en la escuela la historia de lo que ocurrió. Aprendimos que Franco, Queipo de Llano, Mola, Cascajo, José Antonio, eran unos héroes que  se sacrificaron por librar a España de judíos, masones y comunistas, La Iglesia Católica colaboró activamente en la salvación de las almas, aunque el precio fuese arrancarlas del cuerpo a tiro limpio. Fue la salvadora de la civilización frente a las hordas de ateos y marxistas, aunque no nos explicaron muy bien qué hacían los obispos ocupando escaños en las Cortes.  La cultura se limitaba a leer los clásicos y a José María Pemán. Descubrí la existencia de Miguel Hernández de mayor y por mi cuenta. Los perdedores no existieron, Azaña fue el asesino del tiro en la barriga y Santiago Carrillo, el asesino de Paracuellos. Los maestros eran del Régimen, los anteriores de la República los fusilaron o represaliaron. El resultado fue que varias generaciones  crecimos en la más absoluta ignorancia de lo que realmente ocurrió, nos cambiaron la historia, con el añadido del miedo que nos habían transmitido nuestros mayores. Esa ignorancia continuó cuando llegó la democracia. El ruido de sables en los cuarteles y el miedo a una repetición de la tragedia, hizo que nos conformáramos con la recuperación de las libertades y la democracia, que no era poco, pero nada de mirar hacia atrás. Una ley de amnistía para los asesinos y aquí no ha pasado nada. La Historia continuó enterrada en una cuneta. 
En esas condiciones, ¿alguien sensato puede pensar que conocíamos, por ejemplo, quién era Antonio Cañero? 
Cuando remodelamos la plaza del barrio, la Asociación de Vecinos nos pidió que cambiáramos el nombre que tenía de Monseñor Fernández Conde.  No querían el nombre de un obispo para su plaza y nos pidieron que le pusiéramos el nombre del barrio. Por cierto, entre los vecinos había bastantes “comunistas”. Y el Pleno, por unanimidad lo aprobó. Hace muy pocos años que me enteré quién era Antonio Cañero y su comportamiento en la guerra civil.
El año pasado (2017) supe que el interventor que habíamos tenido en el Ayuntamiento durante los primeros años, Antonio Baena Tocón, fue miembro del Tribunal Militar que condenó a Miguel Hernández. Aunque en su momento lo hubiéramos sabido, poco se podía hacer, estaba amnistiado. Me adelanto a la posible acusación de que “los comunistas” consentimos tener de interventor  a un sujeto como ese.
Es un sarcasmo que los representantes políticos de esta derecha del PP, empeñados en parecer herederos del franquismo, utilicen nuestro desconocimiento, fruto de la represión sufrida en la dictadura, como argumento político. 
Ahora las circunstancias han cambiado, estamos conociendo la verdad de lo que pasó por investigaciones realizadas por historiadores que se han hecho públicas. Estamos conociendo la historia que nos ocultaron, estamos sacando a la historia de las cunetas en las que la enterraron. Ahora existe una Ley de la Memoria que obliga a recuperar los restos de las víctimas y a borrar de los espacios públicos los nombres de los represores. Su aplicación está llevando a reparar ese espacio negro de nuestra historia, muy tarde, es cierto, pero es la consecuencia del miedo que sembraron durante cuarenta años. Llevaba razón el dictador asesino, "lo dejo todo atado y bien atado".  


26 de octubre de 2017

UN ATAQUE AL ESTADO DE DERECHO

Así es cómo definió la fiscal del caso Gürtell la actuación corrupta del Partido Popular por su financiación ilegal, como un ataque al Estado de derecho, nada más y nada menos. Con anterioridad, un juez definió estas actuaciones como “prácticas mafiosas”. En su informe final, la fiscal expone como hechos probados que Jesús Sepúlveda, su esposa Ana Mato y el Partido Popular, se beneficiaron del cobro de comisiones por adjudicación de obras que sirvieron para  pagar coches de lujo, viajes y fiestas del entonces matrimonio Sepúlveda-Mato y añade “abrumadoramente acreditada” la existencia de una caja B del PP para financiar campañas electorales. Y esto no ha hecho nada más que empezar, detrás viene el desenlace de las incontables corrupciones que ha practicado el partido que preside Mariano Rajoy, el paladín defensor de la legalidad.
Esta noticia, que hubiera ocupado las primeras páginas de los periódicos por su extrema gravedad, se ha visto relegada a páginas interiores y apenas comentada porque ahora lo que preocupa es el proceso independentista de Cataluña, con Puigdemont  a la cabeza, y su declaración unilateral de independencia, otra vulneración grave del Estado de derecho. La cruel paradoja es que un Partido sobre el que pesa estas graves acusaciones de incumplimiento de la legalidad, se arrogue el ser paladín de la defensa de la Ley. Lo nunca visto.
Tampoco es noticia ya los casos de corrupción del Palau, Banca Catalana, ITV, etc., de Convergencia y Unió, que cambió de nombre, ahora se llama Partido Demócrata de Cataluña, para disimular, cómo si no fuera con ellos. Ya no se habla de que su líder fundador Jordi Pujol, su familia y amigos se lucraran del 3% de las comisiones que cobraban por la adjudicación de obras, ni que evadieran capitales a Andorra, ni que el primogénito de la familia se encuentre en prisión por ser un corrupto. Nada de eso es importante.
Dos familias políticas corruptas enfrentadas por defender la legalidad.  ¿Ha pasado esto alguna vez en la Historia? Pero lo más sorprendente es que ni los partidos políticos, ni los medios de comunicación le prestan atención. Todos nos angustian con lo que puede pasar en Cataluña. Y es grave lo que está pasando, sin duda. Pero esta situación inédita en nuestra democracia, nos hace pensar  que lo peor está por venir. Frente al desafío enloquecido de los independentistas y las respuestas duras del Gobierno de Rajoy, no dejan espacio alguno para propuestas que bajen la tensión. De nada sirvió la respuestas en el último escrito de Puigdemont a Rajoy indicando que no había declarado la independencia, como todos sabíamos, tampoco se ha tenido en cuenta las recomendaciones del PSOE al Gobierno de que, en caso de necesidad, se aplicara el artículo 155 con mesura. Da la impresión de que se quiere llegar al límite y no buscar un espacio de encuentro.
Por el camino que han escogido, este problema nos va a tener ocupados y preocupados mucho tiempo más, mientras tanto la maquinaria judicial continuará su camino, confirmando lo que ya sabemos, pero nadie le prestará atención. Al Partido Popular le ha venido de maravilla esta situación, se oculta el grave problema de corrupción que padece y de camino da satisfacción y alimento al nacionalismo español más rancio, es decir, a sus seguidores y mientras tanto nosotros continuaremos sufriendo el desasosiego y comentando si hay que dialogar o mandar a Cataluña la Legión y la acorazada Brunete. No es broma, yo lo he oído.


23 de octubre de 2017

EFECTOS SECUNDARIOS

 Vivimos tiempos de pesadilla mezcla de incertidumbre y temor al futuro. Una situación en la que la inmensa mayoría somos meros espectadores pero que pagaremos las consecuencias de lo que resulte. Son  tiempos que ya habíamos olvidado porque, los más parecidos, fueron hace más de cuarenta años, toda una generación. Pero entonces sí pudimos ser protagonistas. Luchábamos por conseguir un sistema de libertades que nos sacara de la asfixia del franquismo. Una hermosa lucha, y al final  todos ganamos porque pactamos cómo debíamos construir nuestro futuro para progresar en paz y libertad. Dentro de unos días se conmemoran los 40 años de los Pactos de la Moncloa. Todos los partidos políticos, incluidos Convergencia y Unió y el PNV, junto con  los sindicatos, acordaron la manera de sacar a España de la angustiosa situación económica en la que se encontraba. Los dirigentes políticos de entonces tenían un concepto de Estado que hoy se echa en falta. Nadie pensaba entonces que un pacto entre la derecha heredera del franquismo y la izquierda, restaría votos. Y aunque así fuera, se valoraba más el interés general que el del partido.  Hoy se gobierna en base a lo que digan los sondeos de opinión y el resultado de eso, en las circunstancias actuales, es que crezcan las posturas más radicales. Ante la ausencia de la política, cuyos objetivos son los acuerdos que matizan las posturas extremas, triunfan los argumentos primarios que nos dividen simplemente, en buenos y malos, o nosotros y ellos. Y esto se fabrica, como siempre, sobre muchas mentiras, que una vez situado en mi trinchera son alimento para el odio. Llegados a este punto, se manipula la historia, los símbolos y lo que haga falta. ¿Quiénes son fascistas, los independentistas o yo? Ninguno, pero poco importa. Estamos en la descalificación y el insulto, eso sí, de forma pacífica. Menos mal. El esfuerzo realizado por los que se vistieron de blanco y se manifestaron reclamando diálogo, ha fracasado. Se ha impuesto la irracionalidad. Ante esta situación no es de extrañar que se haya incrementado de forma importante la venta de ansiolíticos para poder dormir, pero ¿quién nos libra de las pesadillas?  

(Columna de opinión en la Cadena Ser)     

23 de septiembre de 2017

¿QUÉ ES DEMOCRACIA?

En el conflicto catalán que estamos padeciendo, nos bombardean  desde el independentismo y desde el Gobierno de España, con la palabra democracia y defienden las respectivas actuaciones en  su nombre. Los independentistas quieren votar para conseguir  formar un Estado. ¿Quién puede decir que ejercer ese derecho  no es democrático? El Gobierno defiende que la Constitución, que hemos votado todos los españoles y que define nuestro marco de convivencia, impide la realización del referéndum. También eso es defender el sistema democrático. Esto me recuerda el famoso cuadro de Goya “Duelo a garrotazos”, pero en vez de utilizar garrotes se atizan con la democracia.
Las fuerzas políticas independentistas, que gozan de mayoría en el Parlament, aprueban unas leyes, burlando las más elementales reglas del juego parlamentario, para que los catalanes puedan ejercer la democracia directa, fuera del marco legal establecido. Y se hace en el sagrado nombre de la democracia.
El Gobierno lanza una ofensiva judicial que persigue hasta las intenciones, y vulnera el  derecho a la libertad de expresión. Y también se hace en defensa de la democracia.
Parece que actuar en nombre de la democracia legitima todo lo que se haga. También la dictadura franquista pretendió blanquearse ante el resto de las democracias europeas  y recurrió a la “democracia orgánica”. Y se votaba, eso sí, entre los candidatos que el régimen proponía, para elegir representantes sindicales, de la familia y  del municipio. Y también convocó un referéndum, ¿Y por eso podemos decir que el mayor asesino de nuestra historia era un demócrata?
Cuando luchábamos contra el franquismo, democracia significaba la libertad frente a un sistema opresor. Ser libres nos permitiría, además de relacionarnos sin censuras en la sociedad, en la cultura, en la educación; poder elegir entre distintas opciones políticas para que nos gobernaran. Nada más y nada menos. Naturalmente eso exige unas reglas de juego que satisfagan a todos y que no restringa el derecho a la libertad. Y entre todos redactamos esas reglas que  son las que están contenidas en  la Constitución. A unos les gustó más a otros  menos, nadie salió totalmente satisfecho de haber conseguido introducir en esas reglas todo lo que quería. Esa es su mejor virtud. El resultado del referéndum convocado para aprobarla obtuvo el respaldo del 87 % de los votantes. En Cataluña la respaldaron el 90%.
Para hablar de democracia, por tanto, hay que hablar de normas que la definan y, muy importante,  conseguir el mayor consenso posible en sus contenidos. Esto último exige que nadie pueda introducir su programa de máximos. ¿Y cómo se consigue esto? Con voluntad política, visión de Estado,  generosidad y mucha conversación.
Es verdad que nada es para siempre, casi cuarenta años después de su aprobación, la sociedad y las circunstancias ha cambiando sustancialmente. El título VIII de la Constitución, que supuso el reconocimiento de la diversa realidad territorial de España y que puso en marcha el Estado de la Autonomías, ha cumplido su misión. El desarrollo autonómico ha supuesto un avance importante en los sistemas de autogobierno que hacen necesario (y urgente) una revisión que sólo se puede hacer desde una reforma de la Constitución que los creó y que ya se tendría que haber hecho.
Es cierto que la derecha española es muy reacia a su modificación (por algo son conservadores) y que se opone a que se contemple esa posibilidad y sin el PP no se puede iniciar este proceso que será difícil, fundamentalmente porque las circunstancias actuales no son las de 1977, cuando se inició el proceso constituyente, dónde salíamos de una dictadura con mucho ruido de sables y que facilitó que las diversas fuerzas políticas llegaran a consensos que hoy se ven más lejanos de alcanzar, aunque no imposibles. Que no se haya podido todavía iniciar ese proceso porque el PP lo impide, no es razón para que los listos de turno rompan el balón porque no se juega como ellos quieren.
También es verdad que la derecha española le gusta imponer más que dialogar, vieja herencia del franquismo. Por esa razón es necesario y urgente que las fuerzas políticas de la izquierda asuman que por encima de su viejas discrepancias, está la necesidad de arrinconar a esta derecha paralizante y conseguir las alianzas necesarias para desplazarla del poder y conseguir que este país pueda avanzar en la solución de estos problemas. Ahora es el momento de que los líderes políticos  antepongan los intereses de Estado a los de partido.
A  muchos españoles nos gustaría independizarnos del PP y de Rajoy, pero mientras sean la fuerza política más votada, nos toca aguantar y ver como destrozan este país. Es lo que tiene ser demócratas y respetar las reglas del juego. Y si los partidos de la izquierda con capacidad para armar una alternativa, no se dan cuenta de que con  el PP en la oposición será más fácil que entre en razón,  nos queda Rajoy para rato, y por tanto no se podrán acometer las reformas que puedan solucionar este conflicto y prevenir los que vengan. No existen soluciones fuera del sistema democrático.


5 de junio de 2017

LA IZQUIERDA Y EL LAICISMO

Desde que el hombre evolucionó y se convirtió en un ser inteligente, le preocupó lo que le deparaba el futuro. Así surgieron brujos, chamanes, adivinos, augures  y sacerdotes que por distintos procedimientos decían adivinar lo que iba a ocurrir. Esa dedicación les dio un poder y un estatus social predominante.  Con el paso del tiempo y los fracasos en sus predicciones, ayudados de la soberbia humana, convinieron que lo mejor era inventar que después de la muerte había otra vida en la que, cumpliendo una serie de preceptos que imponían y controlaban ellos, se podía alcanzar la felicidad. Así surgieron los Valhalla, Paraísos, Cielos y demás lugares dónde se podía ser todo lo feliz que se podía soñar. Los sacerdotes se arrogaron la potestad de ser los interlocutores de los dioses, lo que les permitía seguir teniendo un enorme poder. La revolución que trajo consigo la figura de Jesucristo, alteró ese estatus, puesto que denunció y arremetió contra la casta de los sacerdotes, (sepulcros blanqueados) y la clase dominante (el ojo de la aguja y el camello), por el contrario se alineó con los más desfavorecidos de la sociedad. Naturalmente lo mataron. Sus seguidores “lo interpretaron” y crearon un entramado que con la inestimable ayuda  del emperador Constantino y de su sucesor Teodosio en el siglo IV, alcanzaron el poder. Para mantenerlo en el transcurso del tiempo no dudaron en provocar guerras, eso sí, santas, quemar vivos a los disidentes y provocar espantosas matanzas (La noche de San Bartolomé en París en el siglo XVI, la más sonada). El poder divino del que se habían arrogado les permitía dominar al poder civil y dado que el poder venía de Dios, coronaban a emperadores y reyes en su nombre. Un ejemplo  que tengo cercano: en el siglo XVI un obispo, Alonso Manrique, se empeñó en construir una catedral en medio de la Mezquita de Córdoba. El Cabildo se opuso y el Corregidor Luis de la Cerda dictó un bando condenando a muerte a quién trabajara en esa obra. El Obispo lo excomulgó y la obra se hizo, destruyeron 12 naves y 144 capiteles de un monumento único en el mundo, a mayor gloria de Dios.
La jerarquía eclesiástica siempre ha ambicionado controlar al poder civil, al que dominó durante siglos.  La llegada de la Ilustración primero y el marxismo  más tarde puso en cuestión esa situación y en muchos países de Europa perdieron su situación privilegiada. En el frontón de una iglesia de París, cerca de Le Gard du Nord, está escrito con letras de piedra Liberté Egalité Fraternité, el lema de la Revolución francesa, todo un símbolo de la jerarquía popular. En España no ocurrió eso, más bien todo lo contrario. En la dictadura de  Franco disfrutaron de un  poder impresionante, los obispos se sentaron en la Cortes y participaron en las decisiones tomadas por el poder civil. El certificado de bautismo era obligatorio para ocupar un puesto de trabajo en la administración.
La llegada de la democracia planteó un problema a las fuerzas políticas de la izquierda: su relación con el poder eclesiástico. El primer encontronazo fue en la redacción de la Constitución, Alianza Popular con Manuel Fraga a la cabeza, herederos del franquismo,  intentaron, y consiguieron, que apareciera la Iglesia Católica en su redacción con un reconocimiento especial. La izquierda defendía  la definición de un Estado laico que al final se quedó en aconfesional. Un triunfo para la Iglesia. 
En las elecciones municipales del 1979, el pacto PSOE-PCE consiguió gobernar en la mayoría de los Ayuntamientos y a los alcaldes se les planteó una dura papeleta: cuál debería ser su actitud en las numerosas manifestaciones religiosas, en las que hasta entonces tradicionalmente asistía el Alcalde, por invitación expresa del Obispo que era en la práctica, inexcusable. Era la ocasión para haber utilizado la puerta que abría la Constitución y haber planteado seriamente que el poder civil no estaba sujeto a la jerarquía eclesiástica, algunos lo hicieron. Pero esa actitud no fue ejercida por la mayoría, de hecho muchos aceptaron ir detrás de los pasos de Semana Santa, asistir a la misa del santo patrón y lo que hiciera falta, el fervor popular era la razón que se aducía. Entre tanto cuando el PSOE llega al Gobierno en 1982, existió la esperanza de que se denunciara el Concordato con la Santa Sede de 1953, y los acuerdos de 1979, que otorgan a la Iglesia Católica los privilegios de los que goza, pero no se hizo. El Gobierno de Aznar los reforzó otorgándoles el poder de registrar a su nombre bienes de dominio público, inmatricular le llaman.  Y en esas estamos, el poder eclesiástico ha salido fortalecido y ha conseguido que “los rojos” vayan detrás de sus santos, cristos y vírgenes, además vestidos de etiqueta.
El reciente otorgamiento del Ayuntamiento de Cádiz de la Medalla de Oro de la ciudad a una imagen de la Virgen ha suscitado una polémica porque  su alcalde de Izquierda Anticapitalista, encuadrada en Podemos, se suponía un radical de izquierdas anticlerical. La explicación que se ha dado de que era un acto prácticamente obligado por el fervor popular a la imagen, no tiene mucho sentido, porque de lo que de verdad se trata es, una vez más, de un triunfo del poder eclesiástico frente al poder civil y democrático. La explicación que ha dado su jefe de filas, Pablo Iglesias, justificando el acto como un ejercicio de laicidad, provoca estupor y sonrojo. Es un hecho injustificable, sobre todo, para esa nueva izquierda en la que habían depositado sus esperanzas muchos desencantados. Me viene a la memoria una discusión pública en 1980 en la que el Obispo de Córdoba criticó una decisión del Ayuntamiento. La respuesta del alcalde Julio Anguita dejó clara la cuestión, “Yo soy su Alcalde y usted no es mi Obispo”.
 Soy consciente de la dificultad que entraña ejercer en estos casos, la autoridad democrática en Andalucía, la tierra de María Santísima, pero unos representantes de la izquierda no  pueden otorgar distinciones civiles a una imagen religiosa, por mucho fervor popular del que goce. Eso indigna incluso cuando lo hacen los Ministros del PP, otorgando Medallas de Oro al Mérito Policial a imágenes de vírgenes y cofradías.
 Si la izquierda llega al poder habrá que presionar muy seriamente para que se denuncie el Concordato  y pasemos a ser un país normal como pasa en el resto de Europa.