LA IZQUIERDA Y EL LAICISMO
Desde que el
hombre evolucionó y se convirtió en un ser inteligente, le preocupó lo que le
deparaba el futuro. Así surgieron brujos, chamanes, adivinos, augures y sacerdotes que por distintos procedimientos
decían adivinar lo que iba a ocurrir. Esa dedicación les dio un poder y un
estatus social predominante. Con el paso
del tiempo y los fracasos en sus predicciones, ayudados de la soberbia humana,
convinieron que lo mejor era inventar que después de la muerte había otra vida en
la que, cumpliendo una serie de preceptos que imponían y controlaban ellos, se
podía alcanzar la felicidad. Así surgieron los Valhalla, Paraísos, Cielos y
demás lugares dónde se podía ser todo lo feliz que se podía soñar. Los
sacerdotes se arrogaron la potestad de ser los interlocutores de los dioses, lo
que les permitía seguir teniendo un enorme poder. La revolución que trajo
consigo la figura de Jesucristo, alteró ese estatus, puesto que denunció y
arremetió contra la casta de los sacerdotes, (sepulcros blanqueados) y la clase
dominante (el ojo de la aguja y el camello), por el contrario se alineó con los
más desfavorecidos de la sociedad. Naturalmente lo mataron. Sus seguidores “lo
interpretaron” y crearon un entramado que con la inestimable ayuda del emperador Constantino y de su sucesor
Teodosio en el siglo IV, alcanzaron el poder. Para mantenerlo en el transcurso
del tiempo no dudaron en provocar guerras, eso sí, santas, quemar vivos a los
disidentes y provocar espantosas matanzas (La noche de San Bartolomé en París
en el siglo XVI, la más sonada). El poder divino del que se habían arrogado les
permitía dominar al poder civil y dado que el poder venía de Dios, coronaban a
emperadores y reyes en su nombre. Un ejemplo que tengo cercano: en el siglo XVI un obispo,
Alonso Manrique, se empeñó en construir una catedral en medio de la Mezquita de
Córdoba. El Cabildo se opuso y el Corregidor Luis de la Cerda dictó un bando
condenando a muerte a quién trabajara en esa obra. El Obispo lo excomulgó y la
obra se hizo, destruyeron 12 naves y 144 capiteles de un monumento único en el
mundo, a mayor gloria de Dios.
La jerarquía
eclesiástica siempre ha ambicionado controlar al poder civil, al que dominó
durante siglos. La llegada de la
Ilustración primero y el marxismo más
tarde puso en cuestión esa situación y en muchos países de Europa perdieron su situación privilegiada. En el frontón de una iglesia de París, cerca de Le Gard du
Nord, está escrito con letras de piedra Liberté Egalité Fraternité, el lema de
la Revolución francesa, todo un símbolo de la jerarquía popular. En España no
ocurrió eso, más bien todo lo contrario. En la dictadura de Franco disfrutaron de un poder impresionante, los obispos se sentaron
en la Cortes y participaron en las decisiones tomadas por el poder civil. El
certificado de bautismo era obligatorio para ocupar un puesto de trabajo en la
administración.
La llegada
de la democracia planteó un problema a las fuerzas políticas de la izquierda:
su relación con el poder eclesiástico. El primer encontronazo fue en la
redacción de la Constitución, Alianza Popular con Manuel Fraga a la cabeza,
herederos del franquismo, intentaron, y
consiguieron, que apareciera la Iglesia Católica en su redacción con un
reconocimiento especial. La izquierda defendía
la definición de un Estado laico que al final se quedó en aconfesional.
Un triunfo para la Iglesia.
En las elecciones municipales del 1979, el pacto
PSOE-PCE consiguió gobernar en la mayoría de los Ayuntamientos y a los alcaldes
se les planteó una dura papeleta: cuál debería ser su actitud en las numerosas
manifestaciones religiosas, en las que hasta entonces
tradicionalmente asistía el Alcalde, por invitación expresa del Obispo que era
en la práctica, inexcusable. Era la ocasión para haber utilizado la puerta que
abría la Constitución y haber planteado seriamente que el poder civil no estaba
sujeto a la jerarquía eclesiástica, algunos lo hicieron. Pero esa actitud no
fue ejercida por la mayoría, de hecho muchos aceptaron ir detrás de los pasos
de Semana Santa, asistir a la misa del santo patrón y lo que hiciera falta, el
fervor popular era la razón que se aducía. Entre tanto cuando el PSOE llega al
Gobierno en 1982, existió la esperanza de que se denunciara el Concordato con
la Santa Sede de 1953, y los acuerdos de 1979, que otorgan a la Iglesia
Católica los privilegios de los que goza, pero no se hizo. El Gobierno de Aznar
los reforzó otorgándoles el poder de registrar a su nombre bienes de dominio
público, inmatricular le llaman. Y en
esas estamos, el poder eclesiástico ha salido fortalecido y ha conseguido que
“los rojos” vayan detrás de sus santos, cristos y vírgenes, además vestidos de
etiqueta.
El reciente
otorgamiento del Ayuntamiento de Cádiz de la Medalla de Oro de la ciudad a una
imagen de la Virgen ha suscitado una polémica porque su alcalde de Izquierda Anticapitalista,
encuadrada en Podemos, se suponía un radical de izquierdas anticlerical. La
explicación que se ha dado de que era un acto prácticamente obligado por el
fervor popular a la imagen, no tiene mucho sentido, porque de lo que de verdad
se trata es, una vez más, de un triunfo del poder eclesiástico frente al poder
civil y democrático. La explicación que ha dado su jefe de filas, Pablo
Iglesias, justificando el acto como un ejercicio de laicidad, provoca estupor y
sonrojo. Es un hecho injustificable, sobre todo, para esa nueva izquierda en la
que habían depositado sus esperanzas muchos desencantados. Me viene a la memoria una discusión pública en
1980 en la que el Obispo de Córdoba criticó una decisión del Ayuntamiento. La
respuesta del alcalde Julio Anguita dejó clara la cuestión, “Yo soy su Alcalde
y usted no es mi Obispo”.
Soy consciente de la dificultad que entraña ejercer en estos
casos, la autoridad democrática en Andalucía, la tierra de María Santísima,
pero unos representantes de la izquierda no pueden otorgar distinciones civiles a una
imagen religiosa, por mucho fervor popular del que goce. Eso indigna incluso
cuando lo hacen los Ministros del PP, otorgando Medallas de Oro al Mérito
Policial a imágenes de vírgenes y cofradías.
Si la izquierda llega al poder habrá que presionar muy seriamente para que se denuncie el Concordato y pasemos a ser un país normal como pasa en el resto de Europa.
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