8 de enero de 2010

Antes y después de AVATAR

La industria americana tiene una acrisolada experiencia en marcar las pautas de por dónde ha de ir el futuro del cine. Avanza en nuevas propuestas estéticas, nuevos rostros, nuevas técnicas y las historias pueden ser buenas y estar bien contadas, pero las malas y mal contadas las adornan, las envuelven en papeles de colores, y las promocionan como buenas o muy buenas. Conviene no confundirse porque la industria pretende, siempre que puede, hacerte pasar un mago de feria por un creador y unos fuegos artificiales por obras históricas. Esa confusión se le ha dado muy bien y, lo que es más importante, ha dado pingües beneficios, porque de eso se trata. A falta de imaginación creadora, que no falten buenos trucos que emboben al personal y le hagan creer que ha visto una obra de arte. Así ha sido siempre y continuará siéndolo mientras los espectadores lo aceptemos y pasemos por taquilla.

Esto no quiere decir que los buenos trucos, los efectos especiales y ahora los efectos virtuales, sean innecesarios, por el contrario, el cine no puede vivir de espaldas a los avances de las nuevas tecnologías. Como un arte, que también es, tiene que manifestarse de acuerdo con la realidad del momento. Gracias a esas innovaciones se ha podido avanzar en una estética diferente y crear escenarios que sólo se podían soñar.

El peligro está en que se hagan películas pensando solamente en los recursos técnicos, en detrimento de lo más importante, la historia que se cuenta. Recientemente tenemos demasiados ejemplos de que primero se piensa en los efectos virtuales y después se inventa un argumento donde colocarlos. La forma en que se cuenta tampoco es importante, el objetivo es asombrar al espectador y que alucine en colores.

Entre los mensajes laudatorios que contiene la extraordinaria publicidad que acompaña al estreno de Avatar, se ha dicho que esta película marca un antes y un después en la historia del cine. Es una afirmación de un enorme cinismo. Si se refiere a que los efectos especiales son creados por necesidades de la narración, o se ha querido contar algo distinto con nuevos métodos, esta película está muy lejos de todo eso. En la historia del cine nos encontramos obras maestras que han innovado en la técnica porque la narración lo requería, por ejemplo, El acorazado Potemkin (1925), donde Eisenstein utiliza el montaje como recurso narrativo de una fuerza extraordinaria y que se ha vuelto a utilizar en el cine de hoy; o Ciudadano Kane (1941), película en la que Orson Welles quiere resaltar la figura de Charles Foster Kane utilizando los contrapicados, lo que obliga a poner por primera vez en la historia techos a los decorados. También ha habido quien ha utilizado los efectos especiales para contarnos magníficas historias, como 2001, una odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick; La guerra de las galaxias (1977), de George Lucas; Blade Runner (1982), de Ridley Scott (“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos-c brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todo eso se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”); o la trilogía de El Señor de los Anillos (2001), de Peter Jackson. Películas donde las historias de amor, ambición, amistad, solidaridad, lealtad, odio, esfuerzo, rebeldía, están contadas con una gran riqueza dramática.

Avatar no es nada que se le parezca a esto, es una magnífica y espectacular sesión de fuegos artificiales. Al terminar de verla exclamé, como el profesor Lindt en Cortina rasgada (1966), de Alfred Hichtcock, cuando Paul Newman quiere sonsacarle una fórmula secreta y escribe en la pizarra muchas y enrevesadas cifras: ¡Pero si no me ha contado nada!”. James Cameron no es más que un gran ilusionista, un mago que ha descubierto cómo llenar las salas con sus juegos de artificio. Decía Javier Ocaña en su crítica de El País que “a Cameron se le ha olvidado la historia que quería contar… y si este es el camino que va a llevar el cine a partir de ahora, que lo paren, que yo me bajo”. A mí tampoco me interesa este rumbo, pero no lo lamentemos… “siempre nos quedará París”.

1 comentario:

Pablo dijo...

Esperaré a verla, pero creo que no hace falta: yo también me bajo.